Закрыть ... [X]
Закрыть ... [X]

IMG_0110

 

Srinagar, conocida como la “Venecia de los Himalaya” al estar construida sobre el lago Dal, esconde entre sus callejuelas un valioso patrimonio cultural fruto de los tiempos que en un ramal de la histórica Ruta de la Seda pasaba por ella. Pese a ello, su nombre resuena hoy más gracias a la violencia nacionalista que varios grupos armados vuelcan en sus calles. Corrían dias turbios cuando llegué a la ciudad, y por eso tal y como puse pie en ella un militar me informó que en escasos 45 minutos comenzaba el “toque de queda” y que debía estar resguardado hasta el alba del día siguiente. Estando la calle llena de soldados que disparan a la mínima sospecha, no estaba la cosa para tomarse la norma a broma. Y sin ir más lejos, en una jesus curiosa bienvenida, aquella misma noche una enorme explosión hizo temblar la casa-barco en que dormía.

El famoso “Puente Cero”, reconstruido en madera tras la última guerra cachemir, desde la casa-barco en que dormí.

A la mañana siguiente decidí conocer el centro de la ciudad. Siendo la mayoría de sus habitantes musulmanes, se repartían por todo el centro varias mezquitas enormes, algunas construidas enteramente en madera, que servían junto a los mercados como epicentro de la actividad. Ambos fueron los mejores sitios que encontré para pasar la mañana conociendo a gente con que me explicase los problemas de religión y que me dejaron con sus palabras entender mejor la idiosincrasia cachemirí. Así, entre los varios tés a los que fui invitado y las conversaciones que los acompañaban fui poco a poco desenmarañando el complicado puzzle social de una región donde la palabra conflicto es más que rutinaria. Aún así, no dejaba de olvidar una leyenda que había escuchado tiempo atrás y que afirmaba que la tumba de Jesucristo estaba en la misma Srinagar que esos días pisaba. Si bien nunca había tomado por cierto ese cuento,  tenía curiosidad por verla y conocer su historia.

En el largo cercano se celebra el mercado, flotante, y tras él se vuelve a casa a remo.

Pregunté por ella a todo tipo de personas: mercaderes y empresarios, vendedores de té y carniceros, peatones y conductores, niños y abuelos, policías y militares… Uno de ellos me remitió mediante gestos a la tumba, que quedaba a tres kilómetros. Cuando llegué sólo encontré un convento de monjas católicas. Mi gozo en un pozo… Crucé la calle para preguntarles a ellas, a través de un paso que se elevaba sobre los vehículos. Al bajar, me sorprendieron cuatro soldados apuntándome directamente con sus fusiles. El paso estaba prohibido (¡Cómo iba a saberlo si la prohibición estaba escrita en hindi!). Tuve unos segundos de miedo, que afortunadamente superé rápido. Coloqué las palmas de las manos hacia delante (consciente de que así se transmite más tranquilidad y buscando sobre todo relajar a los soldados) mientras procuraba hacerme entender. Por las dos o tres palabras que chapurreaban en inglés los soldados supe que me tomaban por un terrorista. El medio minuto en el que tratando de permanecer calmado veía las tres armas apuntar directamente a mi cuerpo se me hizo eterno. Una vez comprobaron que no portaba bombas, ni móvil y que mi pasaporte estaba en regla, me invitaron aún sonrojados por el error a compartir un té. El único que chapurreaba inglés me indicó la dirección correcta de la tumba, que resultó en dirección opuesta a la que marchaba. Al poco de comenzar a caminar de nuevo, recapacité sobre lo que había vivido aquella media hora. No todos los días acabas siendo punto de mira de varios rifles. Comenzaba a creerme el eslogan turístico de este pais: “Incredible India”.

Muchos de los edificios de Srinagar, en madera, tienen una decoración preciosa con coloridas pinturas.

Vendedores a los que pregunté por la tumba y acabamos compartiendo té y buena conversación.

Una vez en el centro de Srinagar, sabiendo que debía hallarme por fin cerca de la tumba, pregunté en una mezquita por Isá (el nombre con que el Corán se refiere al profeta Jesús). Si bien al principio no me entendieron, tras hacer todo tipo de gestos cristianos y agudizar al extremo el siempre útil idioma de signos, un imán me dio la última clave para encontrarla. Me chocaba que pudiendo tratarse de algo de tanta importancia tanto histórica como religiosa, a la gente le costase tanto comprender que me refería a la tumba de Jesús, o que al final te respondiese con un “pues todo recto, la segunda a la derecha” con idéntica naturalidad a quien te indica cómo encontrar el servicio de un bar.

Alcanzar esa tumba era una suerte de peregrinación personal, una promesa propia hecha años atrás cuando había aprendido de su existencia. De repente, tras girar por una calle pequeña, estaba allí. Tenía frente a mí un pequeño edificio de tejado verde, a juego con las ventanas y verjas, ante el cual la gente inclinaba levemente la cabeza al pasar. Un minúsculo jardín de cesped separaban sus muros de la valla exterior. Aunque el lugar no parecía demasiado especial, me quedé unos minutos apoyado en una pared cercana, saboreando la escena y mi pequeño triunfo personal,  hasta que poco después un carnicero que espantaba moscas de sus carnes con un trapo roído me contó muchos detalles sobre la curiosa historia de este sepulcro. Cuenta la leyenda que tras la resurrección del profeta, Jesús inicia su camino junto a algunos discípulos y amigos hacia la Cachemira, buscando reencontrarse con la más pura de las tribus perdidas de Israel, que se suponía emigrada a esta zona. Una vez asentado allí prosigue su vida normal, como el resto de sus vecinos, hasta su muerte. Lo curioso es que pruebas científicas realizadas a los huesos demuestran que corresponden a una persona israelí de hace un par de milenios. Para darle mas inri, en un pueblo vecino a Srinagar, sus habitantes tienen un particular dialecto con palabras que derivan del arameo, amén de apellidos similares con los de esta época y vestimenta (incluyendo unos curiosos gorros) igualmente parecida. El propio Vaticano mantiene constantemente en Srinagar una persona.

Tras la charla con mi amigo carnicero, me aproximé a la puerta del pequeño edificio. Apercibiéndome de que el candado no estaba cerrado, la hice chirriar y entré sin pensármelo dentro del recinto. Antes de abrir la segunda y última puerta, escuché un grito que me dejó inmóvil, pero al mirar a mi alrededor, no vi a nadie. Creo que mi emoción en aquel momento (más bien de todo el día) ganó a los posibles motivos de quien gritase para que no entrara. Abrí sin dudar, y tras dar literalmente dos pasos, me encontré frente a la famosa tumba. Encontré la sala húmeda y un silencio absoluto. El ataúd en sí, cubierto por telas verdes de acuerdo a la tradición islámica, estaba en una sala separada por rejas del habitáculo en que me encontraba. Una silla de madera, varios  libros y algo de incienso, todo con una considerable capa de polvo encima, conformaban la “decoración” de la sala. Por un momento pensé en que pudiera estar a un metro del mismo Jesucristo. Era una sensación extraña. Ciertamente, no creía que frente a mi se encontrase el cuerpo del mismísimo Cristo, pero siempre queda un regusto en la mente que te dice: ¿Y si…? El carnicero me había contado que el sepulcro correspondía a Yuz Asaf, a quien la rama Ahmadiyaa del Islam identifica con Jesús. Para el resto de musulmanes, religión que considera a Jesús profeta, resulta blasfemo quien afirma que Jesús esté enterrado en la Tierra. Y por eso esta comunidad es perseguida violentamente en una Cachemira donde el conflicto lleva siendo rutina varios siglos.

Vendedores cercanos a la tumba.

Una editorial británica acababa de publicar un libro titulado “Jesus lived in India“, con detalles más contrastados y ampliados que los que yo aquí comento fugazmente. Sé que existen varias historias similares a ésta, pues he leído sobre otros sepulcros de Jesús de Nazaret en Kazajstán,, Filipinas y Siberia. El mismo Internet está lleno de información y documentales -unos con más morbo mediático que otros- sobre el asunto. Fantasia, mito, leyenda urbana o realidad, en un mundo de fuentes que desconfirman con certeza lo que con la misma certeza otras confirman, siempre queda un cierto espacio para la eterna pregunta: ¿Y por qué no?

Tras haber visitado Srinagar, continué mi viaje por India el viaje hacia Ladakh, un reino tibetano en el Norte de Cachemira, a través de.

Categorías

Artículos relacionados:

Cansado del “viajar para encontrarse a uno mismo”, comencé a hacerlo para buscar al otro. Querer no sólo ver sino experimentar en primera persona la diversidad cultural de nuestra especie me ha llevado a convivir con tribus, viajar con nómadas, dormir con anacoretas en cuevas o monjes en monasterios, entre otras experiencias. Y sin quererlo encontré en todos ellos ese yo que buscaba. Viajo a pie, en autostop o transporte público y aquí comparto lo que voy viviendo en el camino.





ШОКИРУЮЩИЕ НОВОСТИ



Related News


Editor fotos online free
Aumento de senos con acido hialuronico fotos
Fotos de los restos del titanic
Fotos de alicia machado en playboy
Editor de fotos picnik
Fotos de emelec vs barcelona
Fotos de futbolistas sin ropa
Fotos de trajes para hombres